Fragmento sacado de "El Laberinto" de Henry Saiz, no tiene desperdicio:
La única forma de disfrutar un laberinto es elegir el camino incorrecto.
Dar con la ruta adecuada en el primer intento impide que descubramos sus rincones ocultos, nos priva de conocerlo en su totalidad. La experiencia se vuelve más trascendente cuando hemos errado una y otra vez hasta que encontramos la salida o incluso si jamás la encontramos.
Un buen ejemplo de este tipo de laberintos, aquellos que nos despistan con senderos que no llevan a ninguna parte, son los laberintos ingleses de setos. Siglos atrás, los enamorados se citaban en sus rincones más inhóspitos para ocultarse a los ojos de los demás.
Perderse no es necesariamente malo.
A veces la música tiene la apariencia de un laberinto sin salida, un lugar en el que el propio recorrido es la recompensa y donde no es necesario encontrar respuestas.
La única meta es perderse, encontrar sus tramos ignorados, los que menos se transitan.
La analogía no tiene fin: En las pirámides del antiguo Egipto, solo tras descifrar un laberinto se conseguía llegar a las tumbas que contenían las riquezas del enterrado. Dédalo fue encerrado junto a su hijo Ícaro en el laberinto que él mismo diseñó.
Música y laberintos, dos artefactos creados por el ser humano para confundir e iluminar. Y para recrear -una y otra vez- el placer de perderse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario